miércoles, 7 de agosto de 2013

Maracaibo también muerde

Lo más inclemente de Maracaibo ha dejado de ser el sol. No hay casa sin historia de un atraco. No hay reunión sin relato de una extorsión. No hay amigo de un amigo de un amigo que no sea policía y malandro en sus tiempos libres.

Escena 1: Cerramos el negocio, son las once de la noche, diagonal hay un banco cuya iluminación es precaria. Llegan dos carros, se bajan entre diez y quince hombres. Cambian las placas de uno de los vehículos. El amigo que nos espera para llevarnos a la casa acelera y da la vuelta. Los hombres se asustan, sacan sus armas, se identifican, son policías. Tranquilos, fue una confusión, se pueden ir. No supieron lo que vimos, no se los hicimos saber. Instinto de sobrevivencia.

Escena 2: Un hombre desayuna en una venta de empanadas. Ha dejado su carro estacionado en la acera del frente para evitar que sepan que es de él: “por si acaso”. Vivimos con el “por si acaso” en la boca. Dos hombres con aspecto de “recién salidos del Marite[1]” se le acercan, no le preguntan si el malibú estacionado suyo, ya lo saben. Le dicen que el pran del Marite quiere comprar ese carro. No se atreve a decirles que no está a la venta. Enseguida llegan las instrucciones: vamos a la cárcel para que él lo vea, luego vamos a la prefectura, porque él quiere todo legal pa’ cuando salga. Se lo va a poner a nombre de la mamá. Luego vamos al banco y te depositamos la plata. ¿Está claro? Tal cual como le dijeron fue; en la cárcel el pran salió hasta el frente escoltado por cinco hombres, aprobó la venta y al final de todo lo dejaron frente a su casa. Se dijo a si mismo que tuvo suerte. ¿Suerte?

Escena 3: La familia se reúne para la celebración del cumpleaños de la tía “temprano para no salir de noche”. Van llegando los invitados. Los regalos se apilan en la mesa, la comida reposa en la cocina. Suena el timbre por séptima vez. La sobrina sale a abrir la puerta para encontrarse con una pistola en la frente. Entran cuatro hombres entre veinte y treinta años, todos armados con el mismo modelo de pistola. Rápidamente someten a la familia, están serenos y actúan coordinadamente. Piden las llaves de la camioneta que está en el garaje. Y empiezan: joyas, celulares, carteras, efectivo, la torta, los pasapalos y los regalos. Se van y dejan a los invitados en estado de shock e indignación. “Esos tipos eran policías” dijo uno de los primos mayores. “Bien mal que les deben estar pagando” respondió la cumpleañera.



[1] Cárcel de la ciudad. Centro de prevención.

miércoles, 31 de julio de 2013

"Gracias, Maracaibo. Pero hasta siempre, Maracaibo"

Esta frase que no es mía, sino un tweet (28 Jul) de la poeta Natasha Tiniacos, me ha hecho pensar sobre lo que es ser Licenciada en Letras, como es mi caso, en esta ciudad. Más allá del título universitario, qué implica ser investigadora (o querer serlo) de literatura y en la raíz de todo, ser lectora. Digamos que esta frase sirvió de impulso necesario para iniciar un proyecto engavetado: Escribir en Maracaibo.

 Efectivamente toda Venezuela sabe muy bien donde está ubicada Maracaibo (gracias al petróleo y a Manuel Rosales), y el dato más relevante sobre esta ciudad es que hace mucho calor. En el ámbito literario hay poca actividad (esto no niega que la haya, sólo que está lejos de ser el ideal). La creencia (¿o la verdad?) que circula por los pasillos del bloque B de la Facultad de Humanidades y Educación de La Universidad del Zulia es que para “triunfar” en el ámbito literario de este país hay que irse a vivir a Caracas. Y más de uno lo hizo. Es así, te dicen, allá están todas las editoriales, allá está El Nacional, allá hay actividades culturales de cada rato, allá, allá, allá. 

Pero como estoy aquí, y aquí me quedaré (hasta nuevo aviso), me propongo iniciar este proyecto que tendrá como único fin escribir sobre y desde Maracaibo. 

Bienvenidos.