Lo más inclemente de
Maracaibo ha dejado de ser el sol. No hay casa sin historia de un atraco. No
hay reunión sin relato de una extorsión. No hay amigo de un amigo de un amigo
que no sea policía y malandro en sus tiempos libres.
Escena 1: Cerramos el
negocio, son las once de la noche, diagonal hay un banco cuya iluminación es
precaria. Llegan dos carros, se bajan entre diez y quince hombres. Cambian las
placas de uno de los vehículos. El amigo que nos espera para llevarnos a la
casa acelera y da la vuelta. Los hombres se asustan, sacan sus armas, se
identifican, son policías. Tranquilos, fue una confusión, se pueden ir. No
supieron lo que vimos, no se los hicimos saber. Instinto de sobrevivencia.
Escena 2: Un hombre desayuna
en una venta de empanadas. Ha dejado su carro estacionado en la acera del
frente para evitar que sepan que es de él: “por si acaso”. Vivimos con el “por
si acaso” en la boca. Dos hombres con aspecto de “recién salidos del Marite[1]”
se le acercan, no le preguntan si el malibú estacionado suyo, ya lo saben. Le
dicen que el pran del Marite quiere comprar ese carro. No se atreve a decirles
que no está a la venta. Enseguida llegan las instrucciones: vamos a la cárcel
para que él lo vea, luego vamos a la prefectura, porque él quiere todo legal
pa’ cuando salga. Se lo va a poner a nombre de la mamá. Luego vamos al banco y
te depositamos la plata. ¿Está claro? Tal cual como le dijeron fue; en la
cárcel el pran salió hasta el frente escoltado por cinco hombres, aprobó la
venta y al final de todo lo dejaron frente a su casa. Se dijo a si mismo que
tuvo suerte. ¿Suerte?
Escena 3: La familia se
reúne para la celebración del cumpleaños de la tía “temprano para no salir de
noche”. Van llegando los invitados. Los regalos se apilan en la mesa, la comida
reposa en la cocina. Suena el timbre por séptima vez. La sobrina sale a abrir
la puerta para encontrarse con una pistola en la frente. Entran cuatro hombres
entre veinte y treinta años, todos armados con el mismo modelo de pistola.
Rápidamente someten a la familia, están serenos y actúan coordinadamente. Piden
las llaves de la camioneta que está en el garaje. Y empiezan: joyas, celulares,
carteras, efectivo, la torta, los pasapalos y los regalos. Se van y dejan a los
invitados en estado de shock e indignación. “Esos tipos eran policías” dijo uno
de los primos mayores. “Bien mal que les deben estar pagando” respondió la
cumpleañera.
[1] Cárcel de la ciudad.
Centro de prevención.
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